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    08 November

    Melancólico pasaje sobre el hombre que decidió volverse hojas de otoño

    Revolcábanse los verbos en su estruendo que el ser de carne implicaba; las disyuntivas objeciones sobre la vereda de piadosas banalidades, irrelevantes e injustamente deliciosas como la vida cuando se basta de inocuos caprichos, le habían dejado de ser suficientes. En el estruendo revolcábanse los verbos, y una mano salía de repente por entre las llamas, sin quemarse y helada, como la boca de aquel quien ya no es más. El consuelo descendía mientras su mirada perpleja se perdía en el abismo de extrañas lenguas y gozo impropio. Luego saltó sobre la vereda, y se bastó de piadosas banalidades. Ya no quiso ser de carne, y con la otra mano se agarró del horizonte y lo clavo en el sol que apenas asomaba sus primeros rayos por la mañana, matizando el cielo de púrpuras y violetas. Y se bastó de extrañas lenguas, que en gozo bastábanse impropias y gloriosas.

    Ya no quiso ser de agua, y así deseó un poco de sentido, de razones que le explicaran porque la vida se vuelve injustamente irrelevante cuando deliciosa se basta de inocuos caprichos. Luego cerró los ojos, y con el sol en su mano atravesado por el horizonte, grosero e insatisfecho con su estruendo, conoció el sabor de sus lágrimas y la derrota. Ya no quiso ser de cielo. Ni de aire ni de mar. Sólo quiso ser, lo que fuera, pero quiso ser nuevamente.

    Luego abrió los ojos y empapados los volvió hacia el sol sangrante, eran las seis, y por sus brazos escurría la esencia de su víctima. Pobre vida, y entre sus manos tomó al sol y lo parchó con tierra. Y el sol volvía a resplandecer arriba, no tan arriba como antes, pero si más arriba que lo que resplandecía después de haber sido atravesado por el horizonte.

    Ya no quiso no ser nada. Sólo quiso seguir siendo lo que ya era, porque en su lugar habían brotado verdes ilusiones, que más tarde se volvieron amarillas, luego naranjas, cafés y plomizas en otoño. Sólo quiso aferrarse al sol y ver al horizonte cuando este resplandecía. Y así quedó, como hojas de otoño tapizando la vereda, brillando bajo el resplandor de un sol inalcanzable.

     

    Porque después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.

     

    Había encadenado su alma a la vida.

     

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    Pero ineviablemente, habría de volverse polvo

    Miguel Herrera

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