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My words will calm and guide you
30 mayo

Ser de arena

¿Cuantas veces tendría que desmoronarme para ser de arena?

Anduve por los pasillos a tientas, con la oscuridad seduciéndome peligrosa con su aliento invisible, robándole el tacto a mis pies descalzos, devolviéndome los gestos que perdí al saltar hacia el abismo intacto. Quise volverme microscópicamente sólido, de carbones comprimidos, arte fósil, pero ignoraba que al andar a tientas por los pasillos me sobraban complejidades, y así me basté de absurdas imágenes, peligrosamente insinuadas a mis andares de cobarde disfrazado, antifaz de noche, antifaz de apósito dantesco, porque deseaba ser de arena, formar parte de un pensado infinito que se explota, que se vale de si mismo para seguir siendo eterno, ser pisadas que borra el mar, porque deseaba ser más que ahora, más que antes, ser más de lo que llegaría a ser.

Y soñaba que en mi llovía, que era un camino de cenizas, que era materia prima para construir civilizaciones, para sepultar recuerdos, para enlodar el rostro de los días fatídicos. Entonces me vi yaciendo sobre un bloque de hielo y quise amarte de nuevo, porque no quería ser de hielo, no quería verme camuflado en un ecosistema que lentamente toma forma de rostros ajenos, risas que reemplazan al oxígeno, asfixiándome, fungiendo como homicidas de mi absoluta y simple realidad. Ser de hielo habría sido un suicido en cámara lenta.

A la mañana te rogué ser de arena para salir volando por la ventana, o escapar por los ductos del aire, pero de pronto abrí los ojos, y otra vez anduve por los pasillos a tientas, con la oscuridad otra vez seduciéndome peligrosa con su aliento invisible, y la supe atractiva, luego la supe sensible, luego la supe cálida, luego la supe deliciosa, luego la supe enigmática y supe cuanto me excitaban los enigmas, por eso la supe placentera, por eso la supe orgásmica, porque al final la supe real, absolutamente real.

A la mañana te rogaba otra vez, pero esta vez ser íntegro, sin desmoronarme, porque las sábanas impregnadas por tu aliento me supieron mejor que ser de arena.

Y cerré la ventana.

Esta vez no quería salir volando convertido en mil partículas, a menos que fueras a respirarme una vez más.

 

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Miguel Herrera

04 mayo

Perpetuable

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Se volvió tan frágil como el hielo de la mañana que cubrió al pavimento del solsticio. Su voz era hermosa y sus ojos resplandecían un clamor que opacaba las más intensas luminarias de la noche, quieta… porque si le hablas fuerte mengua.

 

Que se precipiten ahora mismo todos los héroes de las historias que a casualidades devoran páginas y líneas sin dejar sonidos que ceder al correr de los segundos; tan inalcanzables y escurridizos segundos que el hielo parece perpetuado contra ellos. Constantes y trémulos sin estupor, pero si con gozo tenue y encanto implícito.

Porque se transforman y se disuelven en el suspiro de la mar, las ideas confluyen con el canto y con las lágrimas del alba. Pero se evaporan, se elevan y se condensan y llueven como oraciones celestiales. ¡Sentí a las oraciones humedecer mi cuerpo y las confundí con la fatiga de volar!

 

Y el agua se revuelve y se resuelve sabia, porque sabía la mar los cantos que lloraba el alba. Alba triste y en congoja, brisa muerta y sólida, estática. Son los segundos los que imitan a la respiración cortada, perseguida… como el viento tras la espora, suspenida y fértil… perpetuable. Y la espora no es más grande que la congoja y la congoja no es más grande que la música ni el encanto.

Por eso perpetuaba a la belleza, por eso opacaban sus ojos a las luminarias de la noche cuando caminaba sin rumbo en las laberínticas calles de un abril cualquiera, tan a media noche que los fantasmas entre las piedras ya le daban risa.

 

Si… su voz era hermosa como la flor que nació de la espora suspendida, aunque imperpetuable, y el hielo se volvió pasajero para darle paso al evento que florecía. Y voló, voló lejos hacia arriba… y para siempre.

 

Las luminarias de la noche jamás volvieron a ser tan resplandecientes.

 

Miguel Herrera

En código muere el tiempo

Recordaste como volvieron a fluir las letras en fila y con espacios alternados, cual desfile de palabras que había estado perdido en la ilusión de la mente abrupta. También recordaste como pintaron de púrpuras y violetas los restos del naufragio al cálido ventarrón. Pero olvidaste como se sienten los aires de verano cuando acarician la piel de los hombres cegados con las espinas del pretérito agrio y futuro lábil. Luego lloraste y murmuraste sílabas en desorden y formaste remolinos vagos y al final exprimiste el soneto que hizo enmudecer tu llanto.

Por eso me volví invisible. Por eso elegí al coraje dosificado.

Y los ojos del artista están secos desde entonces. Su corazón se confunde con glaciares y oscuros.

 

Y mis pasos dejaron de ser ligeros y me hundieron en las aguas de la deriva. Y así como la sal, sin abandonar jamás ni con oídos alrededor que escucharan su quejido, permanecieron. Besando el infortunio y acariciando con el iris a la luna menguante. Tornasol y refulgente, cálida y vivaz. Así fueron mis pasos cuando aún se distinguian del plomo.

Ahora no se quien es más frío.

 

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Miguel Herrera

03 mayo

La distorsión enferma

Entonces la brecha se apagó en puntos de oscuro y cal, de días soberbios en prosa hiriente, y las memorias, en frías espigas que consumían los breves arañazos sobre la piel lacerada.

 

Gotas. Chorros y cascadas. Océanos que deambulan ciegos e infinitos. Divinas más no cuerdas son las voces que soslayan con abrupto al gemir violento, mientras seca el día llantos obsoletos que escriben ríos y soledades.

Soledades reunidas y plétoras amargas, rojas y moradas, drenando los aires condensados del animado estuche.

 

Y todo por las noches que soñó despierta la avenida, como el ciego ruiseñor que compone tras el frío encierro, noches de humo y brisa, eterno alado con el mar a su lado, helado, aires azulados y promiscuos con destellos en la madrugada inalcanzables.

 

Como si en secuencia cayeran las noches en vela, requiere el gozo ceder un poco a la cordura, redimir el engaño que le provocó el olvido, desenvolver recuerdos y hacer trizas memorias ardientes, de besos secos, rendidos a la marea hedonista de sueños y días grises… menudas ocasiones.

 

Y los demonios se hacen notar en la espuma de la marea, sin miedo… porque el miedo muere en la brecha, estrecha y lóbrega brecha. Temible y eterna. El mar lucía encantadoras luciérnagas y adornos fugaces, y el agua… el agua corría en arrebatos gruesos de húmedo y salado. Remolinos.

 

Como el agua que baña ardiente la piel lacerada.

Como el ruiseñor que canta ciego y azulado. Difuso.

Como la brecha, oscura de fuego y cal, se abre cual bestia en celo.

 

Y todo por las noches que soñó despierta la avenida…

 

Por eso la distorsión enferma nos roba el sueño y nos vuelve falsos.

Ni el mar ni las montañas se estremecen ya, ni por el frío que les seduce.

 

¿Y nosotros? nos hemos vuelto solo piel… porque la vida no es más que un estado de ánimo.

 

Y seguimos pidiendo auxilio….

                                                                         save us

Miguel Herrera

16 abril

Cafeína, Moebius y una montaña improvisada

 

Sacó del suelo una montaña cuando la tierra se revolcaba a medida que su desconcierto crecía, luego la arrugó y la cubrió de frondosa cabellera, verde y viva como sus ansias de probar el cielo y guardarlo en su boca para saborearlo cada vez que el gusto del mar invadiera su cabeza. Simplemente lo hizo, sin pensar como acostumbra, y tras ello escaló esa montaña, golpeando con fuerza las bocanadas de aire que sin cielo su boca rechazaba, al compás de los compases que componen el tiempo infinito e inmensurable.

 

                        Es la agonía de un sentir pasajero lo que más hiere a la emoción de un nuevo evento, irresistiblemente delicioso, como el misterioso sabor del cielo”

 

Mientras golpeaba esas bocanadas de aire se preguntaba si sería dulce o agrio, o si tendría sabor al menos. Decidió no pensar en ello y siguió ascendiendo, luego miró una roca y vio su lengua y vio el miedo que ahora se infiltraba en él, porque cuando las cosas inertes empiezan a tener más lengua que las agraciadas con raciocinio, la confianza del juicio propio flaquea como las piernas tras altas dosis de cafeína. Luego, sin dar crédito a su mente, siguió ascendiendo la montaña, con la duda incipiente de si la lengua de aquella roca había sido tan real como el jadeo culpable de que la suya se revelaba a quedarse tras sus dientes ahora, porque cuando el cansancio se apodera de lo físico y las piernas flaquean como expuestas a altas dosis de cafeína, la combustión interna se vuelve tan condescendiente que lo físico no flaquea más y el seguir ascendiendo sigue siendo real.

Sin descanso, siguió ascendiendo y golpeando las bocanadas de aire, con el sabor amargo del café que poco a poco volvía a aparecer en su boca… pero al final, no llegó a ningún lado…

 

Y cuando despertó, la mirada de ella lo trajo de vuelta a las faldas…

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Miguel Herrera

14 diciembre

40 NOCHES

 

Pensé en quitarme el rostro y volverlo a guardar en el cajón donde escondo los objetos que me hacen sentir ausente y vulnerable, pero a la vez satisfecho. Por eso escribo al frío de afuera, que me espera ansioso y conciente del miedo del que decidí prescindir cuando mis vellos dejaron de erizarse con su efecto. El vacío se llenó de pronto cuando sucedió, luego mis lágrimas se licuaron con las voces silenciosas de la dulce madrugada. Desnuda de frío y deliciosa madrugada, ostentosa con brillantes adornos constelares y plateado dije astral que ciega a los más necios de sentir la belleza que precede al triunfo de Horus. Por eso escribo, y la madrugada maullando me susurra cautelosa el futuro de estas letras; escondidas, olvidadas. Jamás existidas.

Y escribo, también al calor de adentro, ajeno a mi piel pero en ella roza, la acaricia y en ella duerme, y mis vellos duermen con él y juntos sueñan lo que predicen los maullidos de esta dulce madrugada. Pero recuerdo porque pensé en quitarme el rostro, y mis lágrimas destilan aquellas voces, y por que iba a ser, sino por el más trivial de las trivialidades de este mundo consumido por la carne y por las ideas que colapsan y contrastan con la realidad pensada, porque la lengua del corazón es más larga que las noches de invierno, como este, que amenaza con lacerar la existencia de este hombre inocente y herido de vida, con él y contra él mismo, cuando todo lo esencial se vuelve en su contra y lo menos importante se embebe en sus poros hasta lo más entrañable del centro del universo, porque es el epicentro del universo, y nada lo evitará.

Por eso escribo, a los amigos y a las fantasías, a los affairs y a las conductas que magullan este corazón airado.

Se tuercen estas líneas y de ellas aparecen castillos y códigos y oraciones que se elevan y se quedan en el cielo, insinuando villas y mercados con bullicio del gentío cálido y acogedor.

Ajá, una vez más, quise escribir ajeno al sentido. Ojalá que este aire en mi corazón se vuelva roca y comience a ser el centro del universo.

¡Vida, por favor vuelve con tu clamor celestial!

Tal vez sea, en una de estas cuarenta noches, porque la muerte ya se aburrió de jugar con las células.

 

Miguel Herrera

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Mejor conservo el rostro donde debe ir

 

08 noviembre

Melancólico pasaje sobre el hombre que decidió volverse hojas de otoño

Revolcábanse los verbos en su estruendo que el ser de carne implicaba; las disyuntivas objeciones sobre la vereda de piadosas banalidades, irrelevantes e injustamente deliciosas como la vida cuando se basta de inocuos caprichos, le habían dejado de ser suficientes. En el estruendo revolcábanse los verbos, y una mano salía de repente por entre las llamas, sin quemarse y helada, como la boca de aquel quien ya no es más. El consuelo descendía mientras su mirada perpleja se perdía en el abismo de extrañas lenguas y gozo impropio. Luego saltó sobre la vereda, y se bastó de piadosas banalidades. Ya no quiso ser de carne, y con la otra mano se agarró del horizonte y lo clavo en el sol que apenas asomaba sus primeros rayos por la mañana, matizando el cielo de púrpuras y violetas. Y se bastó de extrañas lenguas, que en gozo bastábanse impropias y gloriosas.

Ya no quiso ser de agua, y así deseó un poco de sentido, de razones que le explicaran porque la vida se vuelve injustamente irrelevante cuando deliciosa se basta de inocuos caprichos. Luego cerró los ojos, y con el sol en su mano atravesado por el horizonte, grosero e insatisfecho con su estruendo, conoció el sabor de sus lágrimas y la derrota. Ya no quiso ser de cielo. Ni de aire ni de mar. Sólo quiso ser, lo que fuera, pero quiso ser nuevamente.

Luego abrió los ojos y empapados los volvió hacia el sol sangrante, eran las seis, y por sus brazos escurría la esencia de su víctima. Pobre vida, y entre sus manos tomó al sol y lo parchó con tierra. Y el sol volvía a resplandecer arriba, no tan arriba como antes, pero si más arriba que lo que resplandecía después de haber sido atravesado por el horizonte.

Ya no quiso no ser nada. Sólo quiso seguir siendo lo que ya era, porque en su lugar habían brotado verdes ilusiones, que más tarde se volvieron amarillas, luego naranjas, cafés y plomizas en otoño. Sólo quiso aferrarse al sol y ver al horizonte cuando este resplandecía. Y así quedó, como hojas de otoño tapizando la vereda, brillando bajo el resplandor de un sol inalcanzable.

 

Porque después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.

 

Había encadenado su alma a la vida.

 

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Pero ineviablemente, habría de volverse polvo

Miguel Herrera

02 noviembre

ECCO

 

Siempre eterno, infinitamente irresistible,

cuesta abajo y de espaldas, sin tropiezos,

con prisa y ajeno,

asi corre el mar de sueños, despavorido y persistente,

con los ojos cerrados, sintiendo la luz destellar repetidamente,

imponiendo su deseo contra todo lo importante,

pero luego se interrumpe, se detiene la marea,

y yo me quedo con todo lo que viene,

cuando estoy ausente del mundo.

 

Mejor me escondo entre las piedras y me baño con el rocío del mar, aquí, desnudo e impenetrable. Bajo mis pies se retuercen las hierbas de tanto llorar sus ánimas verdosas. Las comprendo y me retuerzo como ellas, llorando verde. Y verde amo todo lo que cesa con la marea.

 

La culpa y el destino confabulan y me atacan por la espalda, me atan y me tumban y me matan. Luego, aquí, desnudo y olvidado, baño a las piedras de sollozos y les canto remolinos de evangelios y leyendas.

Una ópera se escucha a lo lejos y la tierra retiembla con sus pasos de gigante, su calor estremece y sacude a la grandeza en su infinito cántico mordaz. Santificada sea la voz de sus tenores.

 

Siempre eterno, y aquí, se quedan las cosas que venían con la marea, en las piedras donde me retuerzo, con prisa y eterno, sordo a la voz ajena que infiltra a las mentes sus groseras paradojas.

 

Y aquí, con los ojos cerrados, sintiendo a la luz destellar repetidamente, decido seguir llorando ánimas verdosas, como lo hacía desde antes que el mar se percatara de mi presencia oculta entre las rocas.

 

Ecco, e tutto intorno sento gia silenzio…

Immenso in questo grande mare io ti sento

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Miguel Herrera

 

 

 

 

26 agosto

Cenicienta de asfalto

Una esquina, y el callejón se disuelve en los murmullos circulantes. De madrugada, el aire tan pesado como el plomo y tan fétido como la cripta putrefacta, impresiona con su ligero fluir a tiempos densos. Así me envolvía el andar centrípeto, directo al núcleo, directo al principio de todos los cuentos, de todas las horas.

Un adiós, y la memoria se desvanece lentamente. ¿A poco no duele la inconciencia de un amorío vano? ¿A poco no sacude tus piernas lo impertinente de una caricia en el momento inadecuado? Aunque un beso nunca esté de más, su humedad refriega en la erección de los vellos que tapizan la piel morena. ¿A poco no es mejor dejar de prometer y comenzar a actuar? Verás que los momentos no son tan regocijantes cuando se está por cometer pecado alguno, tan inadecuado y tan inexperto a la bulla de las ciudades grises, porque una esquina y un adiós son mas inverosímiles que un aliento sin aroma. Más cuando las calles no tienen banqueta y el castellano ha eliminado las palabras de despedida en su vocabulario. Se traban tus labios al retorcerse tu lengua con desdén, imperiosa, incauta y grosera a mi humedad.

Cuando las letras se vuelven groseras, que chillen las putas sobre mis páginas, que hagan poemas, que hagan más vida de vida muerta, que hagan gloria con el fortuito placer sucumbido por la tentación enferma.

¿A poco no duelen más las groserías? ¿A poco no sacude tus piernas el dolor que influyen a tus oídos su acerbo penetrar en ellos? Aunque la música pese con furia en la sensibilidad ajena, su temple, su latir se queda en tu cabeza, en tus entrañas, en mis adentros, porque soy tú, pedazos de mi alma oculta entre tus piernas, y porque entre sus piernas se consume el deseo de los corazones podridos de latir. Y de ser fieles. Y de ser libres.

Una esquina y un adiós, cuando la niebla se traga el ardiente mover de tus caderas y tu pecho incita escotado la mirada más sedienta de cosas obsoletas. Unos cuantos billetes y tu cuerpo se sacude ante mi, y ante todo el que lo desea.

 

Sólo te digo una última cosa… mi corazón llora a tu partida, el pensar tu piel bajo otras manos le es suficiente para quedar deshecho en celos furtivos que no deberían ser.

Me pregunto, ¿duele más ser libre y quedar preso, o duele más ser preso y quedar libre?

Una esquina y un adiós, cuando el placer hubo consumado el deseo.

 

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Miguel Herrera 

16 agosto

Roto, invisible, mudo

Mira, el horizonte está más horizontal que de costumbre; el infinito le sienta mejor cuando hay nubes, porque la vegetativa fornitura se asombra con sus sombras escurriéndose al menos fatalista de los mañanas.

Mira, la lluvia cae más vertical que de costumbre, chusco chubasco que escurre entre las ramas, nimbo precipitado, sobre ellas y entre ellas hasta verlas desde abajo, en el suelo en que se absorbe. Luego se asombra cuando el sol lo nombra y como sombra se evapora bajo él, deseando lo abrace y desaparecer de nuevo. Si… las nubes prefieren lo raudo de una existencia comprometida que lo duradero de un pasar sin objetivo; roto, invisible, mudo…

 

Mira, mis sentidos están más diagonales que de costumbre, en picada hasta el suelo donde se absorben. Rotos, invisibles, mudos.

Han de trascender inadvertidos, un pasaje con huellas como vestigio por un simple roce del viento barridas, restregada en ellas la sugestión de una existencia rota, invisible, muda.

 

Sujeto una cuerda y con ella me hato al destino. Una cuerda de rosas. ¿Será rosa, será roja, será negra? Mira, en los confines el color es un sueño, un mito maravilloso sin salida por una de las rendijas del cielo, porque el cielo es una mentira más, pero piadosa, así que no importa.

 

Roto, invisible, mudo. Mi voz se quebraba mientras hecho trizas desaparecía, escondido en la noche del juicio ajeno, camuflado, cual estrella ciega, cual poema vano, negando la realidad de un astro, ardiendo con el deseo de quemarse en la distancia, lejos, inalcanzable para el citadino de cráneo estrecho.

 

Si… que se haga perpendicular el horizonte con la lluvia, que se haga oblicuo mi sentir entre ellos, que el cielo roce tangencial su mito… ¡para que así recuperen la vista las estrellas, para que así lo invisible se vuelva opaco cuando el mudo cante la nota de un tenor!

 

Mira, roto, invisible y mudo, pero aún así, enamorado por primera vez.

Yo creía que el amor sabía a sal y empapaba el rostro.

Como estaba equivocado…

 

Miguel Herrera

 

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04 julio

Interminable (Poema meloso No. 3)

 
Si, bueno... es verdad que me estoy enamorando de cada centímetro de tu existencia, de cada roce, de cada aliento que comparto en tus espacios.
Si, bueno... al parecer, soy un loco en potencia, inexistente ambigüedad en la dicha que tus besos presta.
Me valgo de tu recuerdo para hacer mi sonrisa perenne, tren de perlas añorando el colapso contra el tuyo. Colapso... hoy mi corazón lo ha visto y rejuvenecido. ¿Infatuación?, no más.
Y es porque me estoy enamorando; caigo en un abismo al mirar tus ojos, como si despierto soñara... si, bueno, incluso el sólo pensarlos me hace caer a un plano interminable, del cual no quiero salir si no es contigo.
 
Mira que desde el tacto con tus manos, los días se han vuelto más largos, porque los minutos, las horas y los instantes parecen más densos que lo habitual si estás lejos. Ahora me alimento de ellos. Y mi corazón se vigoriza súbitamente... ¿será tu pensar en mi?, así lo espero...
Si, bueno... ya no cabe nada más en mi cabeza, porque tu imagen ha invadido de magia mis sistemas. Y mi risa y mi gloria. ¿Se conmueve el infortunio? Imposible; el infortunio se clavó una daga en el pecho, ahora fluye en la condena olvidado. Y en su lugar la dicha ha comenzado a gestarse.
 
Es porque llegaste con un libro en blanco entre tus brazos. Y yo traía un lápiz en el bolsillo. Van tres líneas y el proceso parece continuar... llegará el momento, añoranza de mi alma, sea una historia interminable.
 
Si, bueno... y es que ahora, eres la panacea a todo mal que me hubo aquejado.
 

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Now, there's no place else I could be but here in your arms...

Miguel Herrera

 

02 julio

Con el corazón en la mano

 
La débil verja entre la gloria y la desesperanza,
es tan débil como la verja entre la ciencia y la locura,
entre el amor y el desconsuelo,
entre lo imposible y su contraparte.
 
Un amante entre la espada y la pared,
porque las noches pueden ser mas perfectas a lo que suelen,
y los días mas inolvidables a lo que jamás han sido.
Emprender el vuelo en dirección contraria al pasado,
a los miedos, a las penas y a la angustia,
mientras se pierde centrifugo el recuerdo en el enigma.
 
tiempo
un escritor solitario
el atardecer
ignorancia
deseo
halloween
la sorpresa
mi cama
un secreto
mil voces
soslayo
la máscara destrozada
desamparo y agresión
el tenor consumado
una flor marchita
sombras en el pasillo
calvario
música
letras
el rostro húmedo
un abrazo
un beso
el corazón menguante
caricias
la mentira
lo siento
buenas noches
la carta jamás enviada
olvido
 
De la mano con otra piel,
de la mano con otra ilusión,
realidad perenne vuelta magia.
Otro latido, otra historia.
Duda, impresión y cobardía.
 
Tan sólo quiero un final feliz... como los de Disney.
Y quiero que sea contigo.

                                                            

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Miguel Herrera

28 junio

Máscara de plumas

El rostro desfigurado con lágrimas al punto del desborde, abismo suicida en mis párpados, angustiosa humedad. Y sucede que los muros de la habitación se tapizaron de sombras mudas. Se ocultaron bajo la cama al apagar la luz y al alba de nuevo mostraron su sincera corporeidad con acecho.

¿Recuerdas ese camino hacia lo incierto?

Llevabas fotografías, la vieja muñeca deshecha por el tiempo, una pluma y hojas arrugadas entre tus manos con memorias divinas.

Yo lo recuerdo como ahora, cien lágrimas estaban a punto del suicidio, como tus pasos aquella vez, hacia lo incierto, hacia la nada.

 

Me dolió tanto quererte, pero me dolió mas el miedo a quedarme solo.

 

¿Recuerdas cuando te enseñé a volar?

Tienes que hacerte unas alas, no importa si de cartón, de aire o de lo que más te guste, pero tan grandes como el recuerdo de aquellos que ya no están contigo. Tienes que escuchar sus voces, sentirlas penetrar en lo más profundo de tus maravillas y expresarlo en lágrimas mientras te paras en medio del bullicio con los ojos vendados. Sin miedo. Sin miedo a perder el suelo y orgullosamente libre.

Luego tomas mi mano mientras me aferro delicadamente a tu cintura y te susurro al oído nuestra canción favorita. Con la otra mano dejas libre el rostro y dejas que el trozo de tela se lo lleve el viento, aún sin abrir los ojos.

Luego sonríes, das media vuelta y pruebas mis labios al abrazarme con recelo.

 

Pero en ese camino hacia lo incierto, toda instrucción de vuelo pareció ser olvidada.

 

Hacia lo incierto de mi habitación, el final y el principio de todas las cosas, cohorte de historias y sombras mudas que danzan con acecho a la luz que se apaga a contrapunto con la vida. Y concibo el sueño, deseando otra vez no verte volar en él, ni cómo te enseñé a hacerlo.

 

Usé tus plumas… y hoy tengo una bella máscara.

 

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Miguel Herrera

31 mayo

Golgotha

Por los ángeles, digno el verbo escrito, en sílabas de tierra y flor, donde la mueca se transforma según los suspiros, al parafrasear el poema en cada paso, en cada palpitar.

 

Gloria, Música, Olvido

 

Melodía de ámbar vuelta nube, etéreo mojar de la proyección epifanía; latido que supe mío, propio como la marea verbosa cual no supe más.

Punto adveniente en el grosero infinito, punto ciego, clandestino y blanco, verso efímero en la breve existencia de las palabras.

 

¿Ambrosía o panacea?

 

No importa si el poema en luz divina se perpetúa.

Goce eterno, panacea a quien ignora su propio existir.

 

Fascinante cielo, agobiante averno.

 

Nube, aire, más aire, verde, tierra, más tierra, averno.

 

Suelo para los condenados sin el verso celestial, destino en el exilio del nimbus.

 

De blanco a gris

De gris a negro

Y el negro se vuelve rojo

 

Matiz que funde almas, ardiente y líquido rubí, río fluyendo escarlata entre condenas, entre cantares y gemidos, placeres prohibidos.

Eterna poesía, obscura y maldita, escrita por los mitigados al fuego eterno.

 

El rostro se desviste de perlas lloradas, al evaporar lo ardiente su falsa materia; llanto que supe mío, propio como la vida cual no supe más.

Epitafio en la cripta donde yace el óbito.

Decía: No viviría jamás.

¿Tributo o consuelo?

 

El poema en roca fiel se perpetúa.

Llanto silencioso, es consuelo a quien perdió su existir.

 

Desconsolante averno, condescendiente limbo.

 

Fuego, humo, más humo, roca, tierra, más tierra, verde, aire, más aire, vacío, alternancia, limbo.

 

Plano alterno donde el perdón no encuentra salida, borde impenetrable por las llamas, inalcanzable por la luz. Ahí, la risa se transforma según las miradas, al escribir la alternancia unas letras sin sentido.

 

Cielo, Averno, Dogma.

 

Entre dos planos, dogma que existe en la conciencia ortodoxa, imaginada, falsa y a veces absurda; arte que supe mío, propio como la poesía cual no supe más.

Olvido por el verbo, exilio del nimbus a la condena entre roca ardiente, merced a la poesía, merced a la antes vida, ahora a la muerte.

 

Borde, alternancia y vacío

Tierra, humo y fuego

Verde, aire y nube.

 

Regresó al cielo el arte herido, donde la mueca sabe parafrasear el poema en cada latido. Ahí decidió permanecer.

 

Descanse en paz.

 

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Miguel Herrera

25 mayo

Huida

Te vi jugar con las curiosas formas de tus dedos; la gloria dignamente arruyaba tu silencio en lo vespertino de aquel nueve de septiembre. Lo recuerdo bien, el sentirme satisfecho a tu constante golpetear con las manos el cemento, sólido como los pasos que diste en dirección contraria al sentir el peso de mis ojos en tu piel. Huiste y te perdiste en la espesura de la ciudad, mientras yo seguí mirando lo que ya era una insistente proyección de la memoria, propia, pero compartida con la embelesante escena de tu magistral porte, que a la vez inocente fascina a quien le especte.

 

Luego te supe como una idea olvidada, como un sueño en la mañana, inexistente, interrumpida, como la pieza perdida de un rompecabezas, como un perfume sin aroma, carente, obsoleta.

Pero aún así, te supe tan ajena como el agua a la vereda y como ésta al suelo y como ésta a las semillas, añorando ser parte de la vereda. Así de propia, así de ajena.

 

Miguel Herrera

 

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11 abril

Cadena

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Ausente, la mueca avistada en la trastienda; deshabita y avista mi conciencia tu mirada, conciencia inerte, pero que avista a final de cuentas tu mirada insistente.

Ausente, la gloria que sonríe al agua formando tus pisadas bajo las que duerme mi conciencia, conciencia marchita, flor marchita que sucumbió al alba, muerta bajo las pisadas como mi conciencia, que de agua se transforma y de agua permanece…  eterno sonreír del habla, eterno pisar del ausente.

Y vuelve a la trastienda el breve cantar del aire, que raudo viene y raudo huye, raudo canta, raudo muere. Y la trastienda de placeres se vacía y con placer implora poesía, poesía cansina que adormece al vigila, por ser de papel como la música que la brisa emana, aunque muera otra vez sin terminarla.

Agua que se bebe como las pisadas y conciencia que se embebe con la ausencia, cuando el frío vuela y con él las hojas, arrancadas por el otoño, en disputa con la primavera que es su madre, y el frío el asesino de sus hojas. Por eso la brisa vuelve, se quita lo ausente y lo deja en un cajón, lleno de aromas, lleno de historias que contar y de música que gozar.

Pero las pisadas ahí se quedan, dejan huella y la huella se hace fósil, fósil que perdura, incapaz de morir de nuevo. Ausencia de muerte, ausencia de vida

Y el vigila adormecido cuenta las pisadas, flor marchita por ellas asesinada,  y por ellas el agua evaporada tras lo gélido del sonreír del habla, que es eterno en el pisar del ausente, al menos, cuando la trastienda da sepulcro a mi conciencia.

 

No quería saber más del día

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Miguel Herrera

04 abril

El coleccionista

(Puedo ser lo que desees)

 

Indómita la presencia que vuelve al coleccionista trémulo de fascinación.

Las horas parecen detenerse y desvestir lo prolongado de su pasar.

Las calles, en su rebelde persistir, se acongojan con la luminosidad nocturna que ya ha venido a instalarse una vez más sobre ellas. Ojalá su cohorte no vuelva a habitar las hendiduras entre sus piedras y murmullos que aterrorizan al transeúnte.

Indómita aquella presencia; su piel parece levitar y su rostro de mueca exangüe ser el parteaguas entre el cielo y el averno.

Las nubes se olvidaron de servir como techo aquel día.

 

Porque la noche es más obscura y la presencia se disuelve poco a poco, el coleccionista se pone trémulo de fascinación; la había estado mirando oculto, fingiendo su ausencia tras de una pared. Intenta alcanzarla para ver culminada su obsesión de hacer propios los cuerpos ajenos, desvestidos e inertes de vez en cuando. Eran los placeres ajenos lo que el coleccionista siempre perseguía.

Y la sigue hasta la plaza, dejando una estela de sal húmeda sobre los callejones. Pero el destellar azul y rojo de las sirenas detiene su apresurado andar. Puede verla a lo lejos, empapada en lágrimas y con su cuerpo trepidante en los brazos de otro más.

 

Y el andar del coleccionista quedó encerrado y la indómita presencia en un lugar ajeno a su raciocinio, pero a salvo de su obsesivo pensar.

 

Así quedó el coleccionista, trémulo de fascinación, que gustaba de hacer propios los cuerpos ajenos para sentir los placeres en él incapaces de ser gestados, por un motivo cualquiera.

 

Esperemos que la muerte y la gloria se dignen a visitarlo tomadas de la mano y vestidas de noche.

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Miguel Herrera

Epífora

 

Accidentalmente, volvió a hacer remembranzas cuando observó a la dicha recién llegada huir de nuevo por el pasillo. Esta vez, era el sentimiento de no poder con lo encomendado cuando pensó en el mañana con sus brazos anchamente abiertos, ofreciéndole cálido refugio en que hacer menguar lo álgido en su cuerpo.

Hasta el ártico le pareció más poblado que su mente, cuando intentó llevar a cabo eso por lo que tanto se relamía satisfecho, aunque casualmente le persiguiera la incapacidad de ordenar ideas sin el inconsciente para entonces traerlas al atrofiado conciente porque parecía de nuevo estar falto de ellas, con su mano trepidante exigiendo inmerecida acción por parte de su mente.

 

La música sonaba en la habitación inundada con las notas que goteaban del radio tras cada respiro. Luz pálida y olor a muebles viejos acompañaban el hedor de su aliento marchito por el tabaco.

 

Tenía tanto que dar, pero tan pocas resultaban sus palabras que constantemente observaba el techo en espera de la preciada inspiración que por tanto tiempo le había tenido abandonado.

Recordó cuando gozaba de la facilidad para expresarse por el único medio apto a sus supuestas capacidades.

Cuando la cabeza está llena de basura es tan difícil expulsarla por los métodos habituales.

Escribir quizá no era entonces la solución.

 

Anduvo por el pasillo a tientas insinuando el rastro de la dicha de horas fugitiva. Ni sus ojos ya nublados por el constante lagrimeo fueron traba alguna para continuar en tan espontánea travesía. Pensó que al final del pasillo estaría la fugitiva colapsada sobre el suelo, como tantas veces la había encontrado; agonizante, difusa y lejana. ¿Por qué con el más allá? El cuerpo de ese chico cabizbajo, cabellos revueltos y mirada triste ofrecía mejor refugio que la salvaje intemperie a donde ella siempre intentaba huir, pero que nunca alcanzaba por las acciones repentinamente gestadas por sus manos de artista. O sus pensamientos de psicótico que afortunadamente se tornaban sencillos de vez en cuando.

El lagrimeo, la locura en su cabeza y el temblar de sus labios cuando falla en lo cometido. Siempre ahí, tentado a la dicha a donde no se es más.

Y si murmuran los santos bajo la almohada cuando está por amanecer, desiste en escuchar, enmudece la comprensión con tal de derrotarlo. Su cuerpo atenta contra sí mismo cada vez que la angustia llama a la puerta.

 

Me pregunto si tiene algo de utilidad que el tiempo apremie… tal vez sea el peor de mis enemigos.

Cuando llegó al final del pasillo, no encontró nada más que la sombra de la fugitiva.

La metió en un pequeño frasco que había hallado en el trayecto y la dejó ahí guardada, como un adorno en su escritorio que le recordara todo lo que una vez fue.

El lagrimeo constante no cesó desde entonces.         

 

 

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Miguel Herrera

Breve relato de una violación

 

La supuesta cobardía invadió sus espacios de respiro, la agonía se hizo presente y no permitió al oxígeno pasear en su pulmonar materia.

Gris y frágil como el suspirar que exhalaba y estéril pero arremetiendo con rudeza, le dejó inerte y agotada en el gris y frágil suelo de la estancia. Y la cobardía cedió su paso a las voces que llenaron de calma su sistema y de pena sus complejos.

La miró perplejo, ahí dejada, inerte y penetrada, como una tumba por el celo profanada y por el cielo abandonada, cuando el egoísmo cedió su paso a la satisfacción efímera, que no mira ni le tienta, pero ultraja en la agonía de la resistencia ajena.

 

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Miguel Herrera

26 marzo

Mis quebrantos

Madrugada… el cobijo de mi angustia, tejida con el vulgo citadino por las manos que menguó mi cordura, hace no más de veinte ausencias.

Madrugada… el desenlace a mis pasos bajo la incandescencia, testigos del mitigante hablar de la mañana.

 

Es de madrugada, y mi cuerpo trémulo hace el último intento de escapar de la realidad mundana. Realidad que ahuyentas, realidad que emanas.

Y es tu cuerpo un millón de historias, que sin punto final, me atrevo a vivir una y otra vez al cesar el día; el cansancio muere, y lo sepulto en el clímax que es el roce de tus manos en mi pensar. Vuelvo la mirada hacia el lado opuesto y de nuevo el arte de tus ojos inunda mis labios con etérea poesía, cual regalo al golpetear de tu pecho, trémulo como mi sentir, pero aún así mas consistente que mis palabras. Y el cálido sobrecogimiento roba mi piel y con ella se abraza a la tuya. Luego me alzo a Venus, como implorándole por un verso más y la culpa me ataca por la espalda con su angustia que se vuelve masoquismo. Culpa que se antoja, culpa que enardece.

 

Porque lo accidentado en tus contornos es el umbral de mis quebrantos, a la realidad presente cuando las nubes se llenan de pesar.

 

Y regreso, cuando otra vez, es de madrugada.

 

Pero a la hora que la mañana acaricia nuestros rostros por detrás de la cortina, mi pensar se vuelve una devastadora rebelión que sucumbe toda sonrisa posible en la agonía.

La mañana se vuelve una guerra de vagas miradas y exabruptas oraciones, que laceran el corazón ajeno, pero más propio que el viento compartido. 

Miro hacia el lado opuesto, y el arte de tus ojos inunda mis labios una vez más, pero esta vez con música, vanas melodías que se pierden en el abismo que te vuelves, pero inundado de pasión. Pasión que mata, pasión que embelese.

 

Porque es tu cuerpo un túnel sin fronteras, y mis pies, un par de inocentes que por siempre intentaran toparse con ellas… aunque sea de madrugada.

 

Sonríe, el día no ha llegado a su fin.

 

Miguel Herrera

 

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24 marzo

El andante

 

Lejana su causa, desconocido el andar de aquel andante. Mira con sigilo el despertar de la soberbia, ajena y escurridiza, aberrante y grosera. Soberbia que se envidia bajo las pisadas en multitud, y en multitud olvidado hacia las calles desoladas de presencia, pero infestadas de vanas complacencias.

 

El andante vuelve y con él la pintura de consuelo, disfraz de sus pesares, antifaz de su pretérito desconsuelo.

Y del suelo se alza el andante cuando de maullidos se inundan los callejones y los recovecos de su conciencia y los recovecos de la ciudad. La presencia avistada en lo cotidiano del vivir, esfumábase cuando pasó el andante, con guitarra en brazos y música en la boca, que detuvo la inundación de los callejones y de los recovecos de la ciudad.

 

Vuelve, oh andante, escribe dos o nueve líneas y dedícalas al empedrado de tu hogar, de las calles construido fue tu hogar, y tu hogar, nido de arte, nido de arte cada tarde es tu hogar, que puede amarte todo el día sin claudicar.

 

Lejana es su causa, lejano es Marte y dijo el arte, de ahí vino el andante con guitarra en brazos y música en la boca.

¿Qué no piensa dejarte? Dijo el viento al andante, y con guitarra en brazos dijo, muere, oh soberbia que diluye al gremio del placer. Y dijo el viento al andante, ¿por qué sigues a la ausencia?, y con música en la boca dijo, nace, oh consuelo que me arrulle cuando se inunden con maullidos los callejones y los recovecos de la ciudad. Ciudad eterna, ciudad extraña y rastrera, elitistas son sus calles sobre el empedrado, hogar del andante, y del andante es la ciudad.

 

Extraño es el andante, pero mas extraño es su arte, que perdura a pesar del olvido de Marte.

 

Porque es la multitud tan ciega, que ignora lo que pisa en la ausencia de su pertinencia, pertinencia que se olvida y que al olvidarse refriega en la conciencia de los que utilizan los ojos para ver por donde pisan… como los ojos del andante.

Miguel Herrera

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04 marzo

La voz ausente

Esa noche, no fue tan oscura como los vestigios de los días que vivaces fungieron como escenario a la comedia protagonizada en mi agonía.

Esa noche, me extirpé los miedos y los ofrecí a la borrasca que de pronto vino a formar parte de mis experiencias dignas de ser contadas. Recuerdo a la luna más bella jamás vista colgando imponente e infinita en el claroscuro techo de la madrugada, pero la borrasca la ocultó y se llevó las hojas del prado y su frío besó mi cuello. Luego huyó, y tras de sí, dejó el milagro de un cálido sobrecogimiento.

Me quedé paralizado al notar que mi voz se había ido.

 

La busqué en los árboles y bajo las rocas, en la tierra y entre las flores, pero tal vez, se transformó en la brisa o en las olas del mar, y por eso nunca volví a saber de ella. La asfixia se abrazó a mi pecho y exprimió salados ríos de mis ojos. Corrí a las gélidas aguas del pacífico, relucientes de plata una vez más, y como quien no tiene nada que perder, me dejé ir ajeno a las vicisitudes, como el ciego a quien le es indiferente dar de comer sus ojos a los cuervos.

Mis pies se bañaron de océano, y por vez primera, conocí el delicioso sabor de estar vivo.

 

Había perdido mi voz, pero la vida me regocijó con lo melódico de su canto y lo sentí más propio a esta piel que me disfraza.

 

Vagué mudo por algunos años, y me sentí más solo que las multitudes.

Mi rostro maduro comenzaba a lucir más atractivo, pero ni así dejé de sentirme despreciable a los ojos que saben reconocer lo verdaderamente hermoso. Recuerdo mirar las estatuas de la plaza y advertir sus miradas más expresivas que las mías.

Había tantos sentimientos como esos, que mis entrañas se podrían por su efecto. Necesitaba deshacerme de ellos, pero era mudo, pues ya no tenía voz para hacerlo.

Lo intenté de mis maneras posibles; lo pinté, lo esculpí, lo canté, pero nada satisfizo mi hambre de quedar vulnerable a los ojos que con celo me asechaban.

La confianza se me escapó de las manos y voló a no se donde, aunque en ocasiones la avistara y su captura resultase una faena tan ardua como la de capturar un ave con las manos atadas.

 

Pero como debe ser, el tiempo siguió su curso y con él, la comedia llegó a su desenlace.

 

Fue el día que aprendí a escuchar al viento. Vino con el atardecer y de todas partes; del bosque, del mar, del cielo, y él se volvió mi voz y yo me volví su cuerpo, marcando mi verdadero nacimiento a la vida eterna tras enseñarme que el papel y el lápiz pueden hacer tanta magia con sus letras, como la voz de la que me había quedado ausente.

 

Miguel Herrera

 

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08 febrero

Máxima

 

No hagas nada hasta que escuches de mí. Mi voz será tu alimento. Mi mente será tu consuelo.

Camina por el viejo callejón, el que apenas conoce el calor de la luz pero saborea los ruidos suburbanos que se inmiscuyen al medio día.

Mis pasos son las continuaciones de tu perdón, y nuestros labios el desenlace de cada guión inventado por los rumores del vivir contemporáneo, afecto a los mártires esclavizados por el arte posmodernista. Solía refugiarme en él. Y yo estaba ahí cuando te vio nacer.

Las calles se volvieron mas tortuosas y el bullicio se dio un tiro en la cabeza para dejarme escuchar tu llanto, llanto que menguó a la tarde, llanto que menguó a mi cordura.

Como el andante solitario que con sus pasos barre el empedrado, cada vez más lejos. Como el ave que perdió la dirección de su vuelo. Como el producto del amor que no soportó más el húmedo claustro. Así me sentí ante la obra de arte que fue el verte por vez primera. Así sentí a la ciudad y a su cielo, cuando el mundo te llamó la estrella principal de su escenario.

Y yo seguía ahí, viendo como te elevabas y con tus alas eclipsabas la incandescencia del sol, manto de plumas, cobijo de poetas

Miguel Herrera.

 

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19 diciembre

Poema meloso No. 2

Mira que si el tiempo no descansa, es porque no tiene donde hacerlo.

Anoche desperté pensando en mis manos que esculpían tu figura en un hielo incapaz de fundirse en agua, pero no en el perfume que a tu piel alude y que en música se evapora al acariciar el cielo tu mirada. Figura que enmudece, figura que enamora.

No se cuando te perdí, pero supongo fue la vez que tu suspirar pasó en abrupto al estrépito que ni los muros pudieron contener. Lo recuerdo bien; ese día lloré como lloran los valientes. Tu cuerpo rechazó mis brazos y la inocencia mía no supo que pensar o que creer, como explicar al estruendo carente de sentido.

Disculpa el plagio, amigo mío:

Te sabía dulce, te sabía hermosa.

Tus labios eran la panacea terrenal que todo mortal habría deseado.

 Te sabía digna, te sabía gloriosa.

El refulge de tu mirada era mejor ladrón de alientos que cualquier epifanía.

Te sabía clara, te sabía mía.

El fluir de tus palabras era la sazón de mí existir.

Y fue el amanecer quien le ayudó al sueño a vencerme.

Esta mañana te soñé bailando a la mirada que amabas y solía pertenecerte, a la que tanto comparabas con minas de jade.

Te soñé mía una vez más.

¿O me soñaría tuyo nada más?

Estoy en búsqueda de un sitio donde hospedar al tiempo, porque no soy capaz de esperar empapado en lágrimas tu regreso a conciencia que no puedo parar de envejecer… porque recuerda, el tiempo encontrará morada antes de que nosotros soltemos nuestras manos aferradas y consumidas por los años.

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Miguel Herrera

Obra y tormento

El cielo ya había dejado de llorar cuando miré por la ventana.

Pienso fue lo melancólico de la tarde que lo afligió y no quiso saber nada más de ella. Por eso también se oscureció, pero ni así dejó de estar ahí, solamente pretendía lo contrarío; lo noté cuando las frías gotas dejaron de reclamarle golpeando el cristal y el calor se me escapó de las manos hacia no se donde. Luego miré tu rostro. El cielo estaba escondido en él, tal vez había elegido tal hermosura para refugiarse del día. Había lágrimas turbando la felicidad perenne que sueles irradiar a la vida tras cada latido de tu corazón sincero, y ni tus ojos cerrados, usurpados por la humedad de las nubes en esta analogía, dejaron de ser tan expresivos como siempre.

Yacías frente a mi como yacías a tus cinco semanas de vida, con tu cama como escenario a tan poco concurrida tragedia donde los protagonistas, dos individuos unidos por el destino, por la ceguera, por la avaricia, por el orgullo, por las mentiras, por la suerte, por la confusión y por el error que Dios comete cada vez que hay luna llena, decidían morir antes de la escena final, o por lo menos, uno de ellos lo hacía. Temer a la incertidumbre no significa que se ha dejado de querer. El corazón no olvida fácil y menos en esta clase de tragedias, donde parte del público mira atento, mientras otros se ocultan, cierran los ojos o se los cierra alguien más. Otros parece no darse cuenta de lo que ocurre frente a ellos… unos mas son sordos… unos mas son ciegos.

 Pero a final de cuentas, la función continua, aunque sufra cada vez que baja el telón.

 Me duele no ser capaz de llorar por ti. 

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Miguel Herrera

 

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|true|prefiero morir en alternativa que vivir en realidad

Miguel Herrera

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